Las mil muertes del artista.

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Por Laura Piquero Mylott ©*

Ser artista conlleva el reparto de cualidades más únicas y humanas en un mismo camino, que se enfoca en la expresión, porque considera a esta un arte. Aquella expresión puede ser verbal o escrita, musical o inerte, es la suspensión de un sentimiento grabado para toda la eternidad en una pintura, en una historia o en una canción. Por ello es que los artistas más que seres que transforman la agonía en poesía, buscamos continua inspiración de las cosas comunes de la vida porque somos tan extremadamente sensibles que podemos detectar magia en los lugares y cosas más recorridas, y capturar su magia desde otro punto de vista para desbancar todos los juicios sobre ellas que ya han sido establecidas. Nos dedicamos a sacarle el mugre a la uña (hacer un despertar de conciencia sobre los temas que consideramos indispensables de tomar en cuenta en una sociedad), le damos alas a los cerdos (iluminamos todo aquello que ha sido devaluado por exceso de uso pero que sigue siendo algo sorprendente y maravilloso para nosotros) o creamos el mundo más hermoso en nuestra cabeza y difundimos una ficción inédita, parida por nuestras entrañas, que pueda elevar la imaginación de la humanidad y la inspire a volver a soñar…

De todos los seres que escogemos hacer de nuestra vocación la expresión: recrear, transformar y proyectar la vida y todos sus componentes, los actores somos los que experimentan más fases de creación, pues tomamos una idea establecida y tenemos que brindarle un alma a una vida que no es nuestra, pero que se vuelve parte de nosotros…un personaje. Así que no sólo creamos toda una vida, a raíz de un bosquejo, sino que también nos sometemos como material de creación para perfilar a un ser real que contará una historia muy especial, al mundo. Mientras que el pintor expresa desde un área de control o espontaneidad más instintiva, el actor se sensibiliza ante los silencios entre líneas, se somete a su creación, se abre ante los descubrimientos y luego lo arroja todo lo establecido, para dejarse “llevar por el momento”.

Comienza entonces como un ser parcial, un extraño, un investigador que se enfoca únicamente en el aspecto técnico de una historia, sin juzgarla ni darle valor, sino teniendo en cuenta únicamente los hechos y la superficie de todo. A lo largo de su investigación, va profundizando el contenido y se va volviendo testigo, un testigo que con su intuición va determinando el valor y la superficie de los hechos, las relaciones que complementan o destruyen al personaje, y las intenciones que no están escritas pero que determinaron la fortuna del protagonista. En aquella etapa, el actor conoce el código moral del personaje, su fortuna, sus relaciones y puede comenzar a darle color a su silueta, entonces se vuelve pintor, compositor y albañil.

Con la base de datos clara, el actor (en su rol de creador aún) va lijando las asperezas, dejando menos cosas inconclusas y otras en confusión mientras se decide cual fue la verdad que condujo a la verdadera acción, que impulsó el punto de giro en la vida del personaje. Ya que conoce sus debilidades, sus intenciones escondidas y sus entrañas como ser humano nacido del papel, puede crear su sinfonía emocional porque sabe que trae este ser por debajo de la piel, por debajo de lo que lleva puesto y por debajo de lo que dice, ve el reflejo de su alma como un patrón de colores único, que se ensimisman en la misma misión, superar el mayor obstáculo del personaje, ese que divide lo que quiere de lo que no tiene, la felicidad de la desdicha. Por aquello llena los espacios en blanco con girones de colores, pasiones minoritarias pero influyentes, anécdotas que hayan afectado su presente condición y sentimientos hacia las cosas que son más pertinentes para él y para que se desarrolle su historia. Construye un títere de carne y hueso que va a ser presa de las circunstancias que lo rodean.

Y finalmente, después del denso trabajo investigativo, manual, espiritual, creativo y racional, el actor se despoja de su propio cuerpo para darle el alma a su títere de carne y hueso, y en este momento de sublime renuncia de su propia vida, para literalmente “vivir en otros zapatos”, es que abandona todo lo creado, para entregarse a corazón abierto y por completo al momento presente de la historia que es llevada del papel a la realidad física. Se rinde ante las circunstancias, se desnuda el alma para poder sentir poro a poro, y concentra todos sus sentidos y pensamientos en aquella realidad, para interactuar verdaderamente con el ambiente que ha sido creado para contar los hechos, relacionarse con los otros personajes y sorprenderse de lo que no fue capaz de ver ni desde el papel, ni desde la amoldada, porque por un instante, la vida ajena es carne propia y experimenta la magia de dos mundos en uno.

Al igual que la pasión por la vida, los artistas también experimentamos la muerte… la muerte de nuestras pequeñas conquistas, de nuestras ideas que son negadas su luz, la muerte de nuestro ser con cada rechazo, cada puerta semi-abierta que estaba realmente cerrada, cada juicio hecho sobre nuestras más sagradas creaciones y la burla de los que quisieran tener el valor de seguir su pasión, pero discapacitados por el miedo se fueron por una vida “fiable”, común y lucrativa, en donde cumplen con cumplirle a otros con un trabajo masivo que ni los llena, ni los inspira, pero les paga todos los excesos que usan para distraerse de su miseria interna. Vivimos con el alma abierta, porque no conocemos otra manera de vivir, porque si apagamos nuestra antena que nos sintoniza con todas las maravillas del mundo, dejaríamos de crear, de sentir, de luchar por la belleza, incluso la que se encuentra en la misma tristeza. Sin embargo, cada vez que la corrupción se interpone en nuestro camino puro, y somos víctimas de la injusticia e ignorancia, caemos en manos de seres siniestros que sólo pretenden robarnos el alma, morimos una muerte que se agudiza hasta que podamos rendirnos ante nuestra melancolía y arrinconar todo el dolor de adentro…

Cuando encendemos el fuego de la lucha sobre el montón de dolor que nos hizo desfallecer, experimentamos un renacer poderoso, magnífico e incansable, porque prima el amor en nuestro corazón y nos sentimos comprometidos a seguir batallando a los cobardes para llegar a la cima de inspirar a toda la raza humana, a seguir en sus sueños, a sus latidos, en vez de a sus pensamientos. Así que con cada muerte del artista, van creándose las partes de un espíritu triunfante e indestructible… que no se conforma con la mediocridad, que se llena de nuevas ideas, curiosidades y conocimientos que cultiven más su pasión, incluso múltiples canales de expresión, de modo que no sólo nos enfocamos en un arte, sino en muchas, después de todo, somos los únicos que pueden hacer historias de los escombros y sacarle vida a las cenizas…

“Las mil muertes del artista se sobreviven siempre, por la misma pasión: el amor al arte porque superamos todos los límites posibles y somos creadores de nuestro propio destino”

*Laura Piquero Mylott es actriz Colombiana y Talento Voces de Marca, Miami.

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